¿El emprendedor nace o se hace?

De un tiempo a esta parte, tras explotar la crisis económica y, en especial, una vez ha implosionado colectivamente nuestro estado de ánimo, instalándose la recesión en el inconsciente como un colateral inherente al estado de las cosas, como algo totalmente inevitable, la desesperación ha dado paso a la resignación y juntas han ido calando en la sociedad de forma lenta, como una fría lluvia de invierno.

Durante este peligroso proceso, curiosamente, venimos asistiendo a un sobrecalentamiento del término “emprendedor”, en gran medida instado desde las administraciones públicas. En términos económicos, “emprendedor” muestra un alto índice de inflación, debido en parte al exceso de demanda y a la baja calidad con que se muestra la oferta. Existe una importante necesidad de creación de nuevas empresas, pero no todos los que se dan en llamar emprendedores se encuentran realmente preparados para lograrlo con unas mínimas garantías de éxito.

No hago referencia a la formación explícita o al apoyo institucional. No incido en la virtud de un sistema normativo de carácter nacional que simplifique a nivel administrativo la creación de empresas o que incentive fiscalmente la inversión de los business angels. Trato de significar algo incluso anterior, me refiero a la semilla que hace posible la existencia del proyecto empresarial y su desarrollo virtuoso, cuando más tarde es cultivado (aceleradoras) y regado (capital riesgo) en un suelo suficientemente abonado (formación en management y capacitación en el ámbito de dominio técnico del propio emprendedor).

La palabra emprendedor ha sido tan utilizada que ha terminado por perder su verdadero significado.

Emprender supone iniciar, pero etimológicamente el verbo emprender nos remite al verbo atrapar (del latín, prenhedere), en el sentido de buscar y tratar de alcanzar algo, tras perseguirlo desde un lugar hacia otro, como un estudiante persigue el conocimiento.

El verbo emprender implica, pues, dar comienzo a un conjunto de acciones fundamentadas en la persecución de un proceso de crecimiento, de avance personal, y todo ello en el concurso de un viaje sin fin y -si seguimos la conocida metáfora de la caverna de Platón- sin posibilidad alguna de retorno.

El hecho mismo de emprender se incardina a la esencia filosófica de la definición del logro, y de la plenitud en la Vida, desde el esfuerzo y con la acción.

Para Vivir, con mayúsculas, resulta una condición sine qua non aprovechar la libertad individual, eligiendo -en este orden- si debemos o no reflexionar sobre algo, de qué modo hacerlo, qué deseamos sentir al respecto y cómo vamos actuar en nuestro entorno y con nosotros mismos.

No obstante, para poder Vivir primero hay que desearlo de veras, y antes de eso se debe estar dispuesto a luchar con extenuación -aun perdiendo-, desde una idea, por un objetivo, como un modo real de afrontar la vida.

Peligrosos incentivos

Reflexionar en todo ello me trae a la memoria un tweet del profesor Benito Arruñada (@B_Arrunada):

La generación mejor preparada da toda la impresión de haber tenido mayordomo

Quizá en el fondo de la afirmación encontremos cierta parte de esta sociedad dopada con una tarjeta de crédito (léase cultura del endeudamiento) o directamente acomodada a una profusa red de subsidios que no contribuyen a abandonar esa tradición de aversión al riesgo tan endémica de nuestro país donde el hijo pródigo aspiraba a vivir cómodamente de la Función Pública o en un puesto de trabajo costumbrista dentro de una caja de ahorros.

La sociedad en su conjunto comprueba ahora cómo su ideal clásico se desmorona por momentos. La zona de confort individual se muestra ahora como un ghetto de enormes dimensiones.

Es bien cierto que la afirmación del profesor Arruñada aporta un titular y que, como tal, implica cierta generalización. Pero no es menos cierto que todos aquellos lectores que no se sientan identificados con esta afirmación deben convenir en que el sustrato existe y cuenta con proporciones considerables. Gran parte de los ciudadanos de nuestro país, en su día a día, luchan cada punto del partido como lo hace Rafa Nadal, ya sean emprendedores o no. Estén ganando el set o estén perdiendo el partido. Porque sólo luchando como si pudiéramos ganar, logramos al final vencer. Muchos de ellos, para mayor desgracia de nuestro país, ya han salido allende nuestras fronteras y su retorno por el momento no se espera.

Avanzar con paso firme

El espíritu emprendedor, la cultura del esfuerzo, debería encuadrarse en el currículo de nuestros alumnos de primaria. Debería hundir sus raíces en la educación infantil. Pero de igual modo que ocurre con el estudio de la disciplina musical, el desarrollo de una suerte de método Sukuki para los más jóvenes emprendedores es algo que no queda incluido en el sistema público de enseñanza, ni en los primeros niveles, ni en los superiores.

Las capacidades fundamentadas en la motivación y en atributos como la confianza, autonomía, responsabilidad y tenacidad del emprendedor resultan inherentes a su perfil de éxito. Este conjunto de actitudes ante el entorno y frente al proyecto empresarial, vertebrado como una potente caja de habilidades informales resulta relevante en el contexto de las startup y en el desarrollo de un ecosistema emprendedor eficiente.

Los principales elementos explicativos se sitúan en torno la fluidez (creatividad y confianza), la visión (autonomía, responsabilidad y tenacidad) y el nivel de aversión al riesgo que muestra el individuo. Todas estas variables condensadas en estos tres factores principales resultan plenamente modelables desde los primeros meses de vida.

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