¿Cómo encontrar un propósito de vida y definir un objetivo profesional?

Cuando no sabes qué hacer con tu vida profesional porque te encuentras estancado, bloqueado, atascado… es seguramente porque has perdido el rumbo y no sabes qué camino tomar o qué hacer ante las nuevas circunstancias de la vida. En algún momento incluso puede que hayas dejado de lado tu propósito de vida, o que incluso necesites reformular lo que quieres de la vida. Ese es el primer paso para seguir adelante y posteriormente poder definir un objetivo profesional coherente.
Encontrar un propósito de vida

Friedrich Nietsche dijo que “Quien tiene porqué vivir encontrará siempre un cómo” para referirse a la necesidad de encontrar un propósito por el que vivir. La clave está en buscar cuáles son las motivaciones y prioridades de nuestra vida, aquellas razones que dan sentido a nuestra vida. Sigue leyendo

8 principios para construir un producto o servicio

Hace poco escribí sobre la importancia de tener muy claro qué es lo que vendemos para desarrollar una adecuada estrategia empresarial. Esto es clave tanto en la fase comercial, como en la estratégica, de marketing o de innovación. No vamos a poder trabajar sobre un producto que no terminamos de conocer, sobre todo en el sentido de saber qué es lo que atrae al mercado hacia nuestra oferta. En este sentido creo que es necesario, a la hora de desarrollar, evolucionar o crear ese producto (o servicio) tener muy claro en base a qué criterios lo vamos a hacer.
Desde mi punto de vista es necesario comprender que un producto es una oferta viva, que ha de ir adaptándose a las necesidades y requerimientos del mercado. Del mismo modo, no podemos sólo centrarnos en un núcleo o core de producto sobre el que trabajar, sino que nuestro objetivo ha de ser ampliar el producto hasta encontrar aquello que lo hace diferente, ya sea añadiendo atributos físicos o servicios. Al fin y al cabo todo producto tiene un componente de servicios. Sigue leyendo

No olvides las motivaciones en tú camino

Cuando te canse el camino, recuerda qué fue lo que te hizo iniciar tu andar.

El caminar por la vida, sin duda alguna, presenta tramos donde el cansancio físico, mental o espiritual hacen muy pesado el avanzar, es en ese momento donde el sentido común debe llevarnos a tomar las decisiones que nos permitan, sin dejar de avanzar, recobrar las fuerzas necesarias para continuar nuestro andar.

Imagínate un viaje de varios días con temperaturas congelantes, con vientos que te azotan constantemente, con una falta creciente de oxigeno y con un esfuerzo cada vez más exigente, esto es lo que vivió Sir Edmund Percival Hillary durante su ascenso durante varios días de 8.848 metros al Everest, del cual alcanzó su cima el 29 de mayo de 1953.

Al igual que el ejemplo anterior, durante nuestra vida enfrentamos retos que en ocasiones parecen insalvables y que no son conquistados de manera inmediata sino que requieren días e incluso en ocasiones años. De la misma forma que el ejemplo anterior, esa lucha requerirá por salud física, mental y espiritual, el que se tomen descansos en el inter con la finalidad de recargar fuerzas.
El tema del descanso, del detener un momento la marcha, de tomarse un respiro, es un tema que pocas veces se aborda en las cuestiones de motivación ya que las mismas están enfocadas en dinamizar a la persona para que alcance la meta, pero un buen entrenador, un buen líder, un buen guía sabe que es necesario e incluso indispensable el tomarse un descanso y esto por una razón muy práctica: el rendimiento no es el mismo estando cansados. Sigue leyendo

La práctica del optimismo

Existe una clasificación sencilla fácil de comprender, que cataloga a las personas dependiendo de sus expectativas de futuro: optimistas o pesimistas. La ciencia ha demostrado que las personas optimistas logran más y viven mejor. Por eso, se aconseja la práctica del optimismo.

Aunque es sabido que la vida transcurre solo en el momento presente, a los seres humanos nos resulta difícil no pensar en el futuro. Grandes terapeutas como George Kelly, han señalado que la mente opera siempre proyectada hacia el mañana, hacia el próximo instante, el próximo día o la próxima meta. Vivimos en permanente anticipación mental y tomamos las experiencias del pasado para aprender de ellas y evitarnos malestares, errores y fracasos. En ese afán por predecir y controlar el futuro, disponemos de dos modos esenciales de abordarlo: pesimismo u optimismo.

El pesimismo es un estado mental que anticipa resultado negativos. Quien ejerce el pesimismo como actitud hacia el futuro, cree que las cosas van a salir mal o que lo que desea no puede lograrse. Y la repetición de esa creencia, ese sentido de impotencia, esa debilidad de la esperanza ante los asuntos cotidianos, se convierte en una forma limitativa de vivir, y condena a su portador a una vida mediocre y resignada.

Los pesimistas tienen dificultad para percibir las situaciones favorables y las buenas oportunidades, tienden a ser poco productivos, funcionan desde la rutina, ven la vida como una lucha, se identifican con el fracaso y evitan arriesgarse porque temen equivocarse. Atraen experiencias negativas, resultan desagradables a los demás y casi siempre parecen tristes, asustados o rabiosos. También, dependen de las motivaciones externas, son más rígidos, inconstantes, impacientes, criticones y casi nunca se dedican a hacer lo que realmente les gusta. Confunden su negatividad con realismo, desconocen su poder, olvidan que cada día es nuevo, y que si se buscan salidas tienden a encontrarse.
El optimismo, por el contrario, es un esquema mental de expectativas positivas. El sujeto optimista cree que lo que desea puede lograrse y que debe hacer mecanismos para ello. El optimismo deriva de la confianza en uno mismo y de la fe espiritual en un poder superior que nos guía y protege. Ser optimista es “esperar lo óptimo”. Sigue leyendo