Optimismo inteligente y emprendimiento

En las postrimerías de la II Guerra, cuando Inglaterra en solitario perdía desastrosamente Churchill manifestó: “soy optimista, no me parece útil otra cosa”. Esta disposición frente a la vida la aplaudimos, es nuestro referente, porque si no la balanza se inclina al pesimismo. Hacia lo que Freud llama “Infelicidad Humana Común”, dándole excesivo valor al pesimismo (más alerta a amenazas y peligros). Vivimos inmersos en lo negativo, los medios de comunicación “negros” que muestran un mundo desesperanzado, hiperconsumista y una siniestra carga de nube negra. Tenemos que balancear la ecuación con optimismo inteligente, con esperanza; creer que nuestro mundo es el mejor de los mundos posibles y sobre todo que lo podemos mejorar:

“Sé tú el cambio que quieres en el mundo” Gandhi.

La humanidad al ir, gracias a Dios, resolviendo muchos de sus problemas básicos y al mejorar la expectativa de vida de 25 a 100 años, en tan solo dos generaciones, se enfoca en ámbitos nunca estudiados pero necesarios para los que aspiramos a vivir los 100 años. Hay doctorados en felicidad, inteligencia emocional y pensamiento positivo. La gestión emocional hoy es esencial y el optimismo ha logrado despertar el interés de la ciencia. Sigue leyendo

Optimismo cómo un estilo de vida

…Nuestro desarrollo es un proceso continuo desde nuestro nacimiento hasta nuestra vejez y de acumulación de maestría personal. El optimismo es definido como la habilidad de ver el cambio de hábitos, rutinas y actitudes no relevantes como un reto alentador por medio de acciones voluntarias.

Así como muchos aspectos de nuestras vidas no estén bajo nuestro control como el color de nuestra piel, nuestra raza, nuestros padres, nuestro lugar de nacimiento, existen un sin fin de acciones y opciones que pueden ser el resultado de nuestra acciones.

Tenemos la opción de tomar el control de nuestras dediciones o le podemos dar el control de nuestros resultados al destino o a eventos externos. Depende de las acciones y dediciones que tomemos o no, lo que determinará como viviremos nuestra vida, como manejamos los conflictos, cuales son nuestras relaciones, o como y cuando expresamos nuestro potencial.

Nuestras acciones se relaciones con nuestras escogencias. Así también la manera como pensamos de nuestras habilidades y limitaciones tendrá una relación directa con las oportunidades y eventos que encontremos en el transcurso de nuestra vida. En general nuestras acciones se relacionan con nuestra escogencias. Así también la manera en que pensamos de nuestras habilidades y limitaciones tendrá una relación directa con las oportunidades y eventos que encontremos. Sigue leyendo

La práctica del optimismo

Existe una clasificación sencilla fácil de comprender, que cataloga a las personas dependiendo de sus expectativas de futuro: optimistas o pesimistas. La ciencia ha demostrado que las personas optimistas logran más y viven mejor. Por eso, se aconseja la práctica del optimismo.

Aunque es sabido que la vida transcurre solo en el momento presente, a los seres humanos nos resulta difícil no pensar en el futuro. Grandes terapeutas como George Kelly, han señalado que la mente opera siempre proyectada hacia el mañana, hacia el próximo instante, el próximo día o la próxima meta. Vivimos en permanente anticipación mental y tomamos las experiencias del pasado para aprender de ellas y evitarnos malestares, errores y fracasos. En ese afán por predecir y controlar el futuro, disponemos de dos modos esenciales de abordarlo: pesimismo u optimismo.

El pesimismo es un estado mental que anticipa resultado negativos. Quien ejerce el pesimismo como actitud hacia el futuro, cree que las cosas van a salir mal o que lo que desea no puede lograrse. Y la repetición de esa creencia, ese sentido de impotencia, esa debilidad de la esperanza ante los asuntos cotidianos, se convierte en una forma limitativa de vivir, y condena a su portador a una vida mediocre y resignada.

Los pesimistas tienen dificultad para percibir las situaciones favorables y las buenas oportunidades, tienden a ser poco productivos, funcionan desde la rutina, ven la vida como una lucha, se identifican con el fracaso y evitan arriesgarse porque temen equivocarse. Atraen experiencias negativas, resultan desagradables a los demás y casi siempre parecen tristes, asustados o rabiosos. También, dependen de las motivaciones externas, son más rígidos, inconstantes, impacientes, criticones y casi nunca se dedican a hacer lo que realmente les gusta. Confunden su negatividad con realismo, desconocen su poder, olvidan que cada día es nuevo, y que si se buscan salidas tienden a encontrarse.
El optimismo, por el contrario, es un esquema mental de expectativas positivas. El sujeto optimista cree que lo que desea puede lograrse y que debe hacer mecanismos para ello. El optimismo deriva de la confianza en uno mismo y de la fe espiritual en un poder superior que nos guía y protege. Ser optimista es “esperar lo óptimo”. Sigue leyendo